Si acudes a la sección de autoayuda de cualquier gran librería, te puedes sentir abrumado, como yo, por la cantidad y variedad de los libros que allí podrás encontrar. Cubren prácticamente la totalidad del espectro vital de una persona, desde el trabajo hasta las relaciones, desde la disciplina hasta las emociones, desde la superación personal hasta la excelencia.
Ante la inmensa cantidad de información disponible, no puedo evitar hacerme dos preguntas: la primera, por qué una información tan esencial para vivir una vida de éxito, satisfacción y felicidad está confinada a las estanterías, en vez de impartirse en las aulas como parte de la educación fundamental de los ciudadanos? Y en segundo lugar, y mucho más importante: si la clave del éxito y la felicidad está publicada en cientos de volúmenes, por qué en nuestra sociedad hay tanta gente fracasada e infeliz?
Respecto a la primera pregunta, no tengo una respuesta clara. Al parecer nuestros sistemas educativos prefieren educar en conocimientos, antes que hacerlo en principios. Prefieren que las aulas se limiten a proporcionar datos, dejando en manos de las familias, instituciones y medios de comunicación la formación del carácter. Pero por lo que se deduce, estos tampoco logran este objetivo, y finalmente es el azar, la iniciativa personal y la selección natural las que se encargan de determinar qué individuos se convierten en triunfadores, emprendedores y líderes.
La segunda pregunta tiene una respuesta evidente: o bien la información no llega a las personas que la necesitan, o bien no le hacen caso y no la aplican.
Para un profesor, entrenador, jefe, padre, o cualquier otra forma de autoridad, puede ser frustrante comprobar cómo las personas a las que se intenta guiar y formar no parecen estar prestando atención a lo que se les dice, y actúan de forma dispersa, equivocada, inconsistente, irracional, o peor, arriesgada o autodestructiva.
La misma sensación tiene uno cuándo ha logrado entender e interiorizar las lecciones de la vida, e intenta transmitirlas a los demás, a través de consejos, charlas, seminarios, artículos o volúmenes enteros dedicados al crecimiento personal. La sensación final es de desolación e impotencia. Y finalmente, de cierta suficiencia, rayando en la arrogancia. Como si uno hubiera alcanzado una cierta superioridad moral al lograr algo que está vedado a aquellos que no están tan bien dotados como uno mismo para el éxito y la felicidad.